El sábado pasado, salieron Pitufina, Popeye y Olivia, y Blancanieves con su Príncipe Azul a comer comida tailandesa en el sur de Omaha. Después de un festín de rollos de primavera, currys de varios colores y tés aromáticos, el grupo aventuró rumbo al centro de la ciudad para ver que novedades habían para descubrir. Se toparon con un lugarcito en la 16 que se llama Oasis.
Si no fueran por los destellos continuos del letrero de abierto en azul y rojo, uno ni sabría que el lugar existe. Por los vidrios uno tiene el mismo presentimiento que le dan la mayoría de los negocios en esa zona, que está abandonado. Es curioso el toque de humo creciente en aquellos vidrios oscuros, porque si no te das cuenta de que tipo de lugar es, lo perderías completamente.
Al entrar al establecimiento, el nervio olfato sintió de inmediato el ataque a un olor artificial de fresas. Igual que el sabor al chicle Hubba Bubba que le dio al grupo una memoria de las asquerosidades de su niñez. Cuando los ojos del grupo se acostumbraron a la nube de humo, vieron que el lugar consistía en un solo cuarto gigantesco, con varias mesitas redondas rodeando el perímetro y un bar donde no parece servir nada en medio del trasero del negocio. En todas las sillas aterciopeladas que flanqueaban las mesitas estaban sentados jóvenes. Jóvenes, que parecían tener unos 14 a 17 años, fumando narguile.
<<Necesito que muestren sus identificaciones, y cobramos $2 la entrada a cada uno>> dijo el encargado de corte de pelo militar y ropa y botas punk. <<Y qué es lo que nos compran esos $2>> le preguntó el Príncipe azul, siendo él un comerciante muy astuto. <<Un abrazo>> le contestó, sin sonreírse.
Le explicó el encargado al grupo que todas las mesas desocupadas estaban reservadas y que les tocaba esperar un ratito. Después de esperar, se los llevaron a la mesita más oscura, en un rincón frío y húmedo. Pidió el grupo su narguile junto con tabaco sabor mango y se pusieron todos a fumar (menos Pitufina, que no fuma narguile).
Mientras fumaban, el grupo empezó a fijarse poco a poco en aun más detalles perturbadores del lugarcito. Un letrero escrito a mano en la entrada que dice, “No entrar con bebidas de afuera.” Una gran escalera doble en medio del establecimiento yendo al sótano, pero con cordones para que no entre nadie. Letreros en las puertas del baño, también escritos a mano diciendo, “Solo una persona la vez.” Entró, poco después, un grupo de jóvenes que fueron llevados inmediatamente a una mesa, sin mostrar identificación, ni pagar entrada. El Príncipe azul reclamó. <<Pues es que son clientes regulares muy especiales. >> explicó el encargado. El grupo se dio cuenta de todas las manchas y quemaduras tanto en el alfombra que en los sofás donde estaba sentado en el mismo momento de descubrir que su tabaco sabor mango, tenia mas bien un sabor a alfombra manchada y quemada. De mala gana, pagaron la cuenta y salieron huyendo de ese lugar tan fétido y asqueroso. Decidieron entre ellos que preferirían estar naufragados en una isla desierta que volver de nuevo a ese Oasis.
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